Por: Carolina Martínez Elebi

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Fragmentación, aceleración y «responsabilidad por diseño».

El viernes 31 de octubre fui al cine con mi familia a ver la película de las guerreras KPop que se había estrenado unas semanas antes en Netflix y que, por algún motivo que desconozco, la proyectaron durante tres días (31 de octubre, 1 y 2 de noviembre). Con mis hijos ya la habíamos visto pero la oportunidad de verla en pantalla grande -y en comunidad- no fue desaprovechada y la experiencia valió la pena. Aunque la sala no estaba llena, se sintió la experiencia compartida: chicas y chicos cantando cada una de las canciones, los aplausos, saltos y bailes mientras ya pasaban los créditos finales. Experiencias que espero nunca se extingan.

Esa misma semana, antes de entrar a dar una clase, hablábamos con un amigo sobre la fragmentación de la atención o la atención fragmentada. Mi amigo me comentaba que le gusta mucho ir al cine y que, conversando con compañeros del trabajo, se sorprendió (y un poco se indignó) porque la mayoría, que andan en los veintitantos, le decía que sólo ven películas en su casa, en plataformas, y muchas veces la forma de ver tampoco es como la conocíamos. Sin embargo, que digan que ven películas ya es mucho más que lo que las tendencias empiezan a indicar. En Argentina recordarán cuando el titular del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, Carlos Pirovano, reconoció que no había visto una película en el cine sino que había visto “tiktoks.

En línea con Pirovano, un estudio realizado por Deloitte reveló que los más jóvenes están desviándose de las películas y series tradicionales en favor de contenidos creados por usuarios en plataformas socialesYoutubers, instagramers, tiktokers. Contenidos que, generalizando, son personas hablando entre ellas o a la cámara. Algunos más o menos creativos, guionados. Algunos son entrevistas, otros son de filosofía, otros enseñan recetas de cocina o a dibujar, otros hacen humor con cosas cotidianas, otros (muchos) venden productos, servicios, ideas, felicidad. Te podés encontrar con lo que se te ocurra (o con lo que ni siquiera imaginabas).

En redes como Instagram y TikTok el contenido es lo que se conoce como “contenido snack”: formatos cortos, fácilmente digeribles y variados. Así lo describe el periodista Emanuel Respighi:

“Se trata de la producción de formatos audiovisuales que hagan las veces de papas fritas, de veloz ingesta, que logren impactar en poco tiempo en el usuario voraz e impaciente formado bajo la lógica de las redes sociales. Un contenido que le permita a los consumidores “picar” un poco de todo lo que ofrece el ecosistema audiovisual: videos, información, entretenimiento, fotos, mensajes y otras tantas posibilidades. Un espectador que fue fagocitado por el consumidor, que se alimenta permanentemente de picadas y comida rápida, dejando el contenido a fuego lento para momentos excepcionales de la vida cotidiana.”

Nos estamos refiriendo a un estilo de formato corto y navegación sencilla que favorece la alienación de los usuarios, que a su vez retroalimenta la producción de contenidos breves y diversos. “Ese círculo vicioso de las redes sociales terminó por formar a un usuario al que se lo podría definir como de ‘mecha corta’”, dice Emanuel.

Sabemos que tenemos cada vez menos tiempo disponible para poder prestar atención a la enorme cantidad de estímulos que nos rodean (dentro y fuera de las pantallas). Entonces, vivimos ese “consumo” -o esa “interacción”, como me hizo notar quien fue mi profesor de Semiótica I, José Luis Fernández– de forma acelerada.

¿En qué consiste esta aceleración? No sólo se ven contenidos más cortos, sino que además empieza a recurrirse a la herramienta del 1.5x o 2x, es decir ver -o escuchar- los contenidos aumentando la velocidad de reproducción. A esta práctica se la conoce como speed watching y el objetivo es acceder a más contenidos en menos tiempo y optimizar cada espacio disponible para estudiar, informarse o entretenerse. Y esto no es solo para algún video de YouTube, sino que se aplica incluso a películas, series, podcasts, clases online y hasta los audios que nos llegan a través de WhatsApp.

Pero esta aceleración no es inocua. “Expertos en educación y psicología advierten que el consumo intensivo de contenidos acelerados puede limitar la comprensión profunda y restar espacio a la reflexión”. También sugieren reflexionar sobre el equilibrio entre eficiencia y reposo cognitivo: priorizar calidad frente a cantidad.

Los principales efectos en el cerebro de consumir videos o audios en velocidad acelerada son:

  • Sobrecarga de la memoria de trabajo, que tiene una capacidad limitada para procesar información a gran velocidad.
  • Dificultades en la codificación y el almacenamiento de lo escuchado o visto, lo que hace que se pierdan datos relevantes.
  • Menor comprensión del contenido, especialmente a partir de velocidades de 2x o más.
  • Caída significativa en la retención de la información, con reducciones claras en el rendimiento cognitivo.
  • Pérdida de información durante el aprendizaje, aun cuando la persona tenga la sensación de estar “entendiendo”.
  • Mayor impacto negativo en adultos mayores, debido a una menor capacidad de procesamiento con el paso del tiempo.
  • Riesgo de afectar el aprendizaje profundo, que requiere tiempo, atención sostenida y procesamiento pausado.

Información fragmentada

Pero esta situación no termina acá. Según el estudio cuali-cuantitativo realizado por la cátedra Audiencias y Recepción de la carrera de Comunicación Social de la UBA [en el link les dejo el informe completo en PDF], el 85% de los estudiantes universitarios:

  • Se informan principalmente a través del celular.
  • Prioriza contenidos audiovisuales breves.
  • En un consumo marcado por la multitarea y la fragmentación.

Las redes sociales y el streaming consolidan hábitos informativos híbridos, atravesados por algoritmos y afinidad ideológica.

¿Cómo es, entonces, informarse? Entre las conclusiones del informe, dicen que “el video corto y el ‘paneo general’ consolidan una forma de estar informado/a que ya no depende de un momento específico ni de un soporte privilegiado, sino que emerge de la circulación constante en plataformas algorítmicas” y que “esta dinámica tensiona las percepciones de tiempo y atención, y vuelve más porosa la frontera entre informarse y distraerse”.

En su conjunto, las prácticas informativas relevadas muestran que hoy el vínculo con la información se construye en un ecosistema híbrido, donde se entrecruzan dispositivos, plataformas, algoritmos y emociones. Los y las estudiantes de Comunicación no se limitan a consumir noticias: interactúan con ellas, las filtran, las hacen circular entre distintos soportes, las conversan en espacios cercanos, las esquivan cuando generan saturación y vuelven a ellas cuando necesitan entender mejor un tema. En ese sentido, este informe no se queda en la descripción de hábitos, sino que permite asomarse a cómo una generación atravesada por la hipermediatización, las crisis políticas y la aceleración tecnológica resignifica cotidianamente qué es informarse, cómo sostener una mirada crítica y cómo producir sentido en un contexto de cambio constante.


⁉️ En este contexto de tanta fragmentación y aceleración, me pregunto entonces cómo esto nos afecta en términos sociales. Si la información la consumimos en forma fragmentada, en contenidos breves, si no profundizamos, si cada persona lee/ve/escucha principalmente lo que los algoritmos le recomiendan (y ni me metí con la desinformación, el odio en internet y los contenidos sintéticos creados con IA generativa), ¿cómo hacemos para sostener los lazos sociales que necesitamos para convivir?


⚠️ Y acá una advertencia: cuando hablamos de dispersión y atención fragmentada, es fácil tentarse con la solución de querer “desconectarse”, “apagar el celular”, “hacer detox”, como si el problema fuera apenas una cuestión de fuerza de voluntad. Pero la atención no es una facultad fija que “se tiene” o “se pierde”: es una capacidad mutable, que se moldea en un medioambiente tecnológico específico, como explica Ingrid Sarchman. No somos audiencias pasivas frente a estímulos externos; mientras consumimos, también aprendemos a producir, a narrarnos, a responder a lo que circula. Por eso la pregunta no es solo qué hacemos cada quien con su pantalla, sino qué tipo de entorno estamos aceptando —y diseñando— para percibir, elegir, comprender y convivir.


Afectaciones a la salud mental y responsabilidad por diseño

Como destaca Respighi en su artículo, el reinado audiovisual en la lógica del contenido snack es de TikTok, “con sus videos de corta duración, fáciles de pasar y con un algoritmo diseñado a partir de temas de interés del usuario más que del seguimiento de amigos o cuentas como lo hacen otras redes”.

Una de las claves de este nuevo escenario es el uso casi permanente del teléfono móvil para consumir contenidos. La pantalla chica, la posibilidad de llevarlo siempre encima y la lógica adictiva que promueven las plataformas hicieron que los videos se cuelen en cualquier momento libre, incluso en los más breves. Así, los formatos cortos se consolidaron como la respuesta ideal para ocupar esos “tiempos muertos”. Esa accesibilidad también moldeó a un público cada vez más impacientesi un video no logra captar la atención en los primeros segundos, se descarta sin dudar y se pasa al siguiente. No es casual que TikTok haya empujado a Instagram a incorporar los reels, ni que incluso YouTube —que no nació como red social— haya tenido que adaptarse sumando los shorts, videos de hasta un minuto pensados para esta lógica de consumo acelerado.

Entre las estrategias que TikTok enseña a través de su Academy, una de las principales es “captar la atención rápido: comenzar los videos con un gancho visual o narrativo en los primeros segundos.”

Por supuesto que todo esto responde a la única lógica de crecimiento comercial de las plataformas. De hecho, documentos judiciales recientemente desclasificados en Estados Unidos muestran que Meta, TikTok, YouTube y Snapchat habrían ocultado evidencia interna sobre riesgos de adicción, afectaciones a la salud mental y prácticas que desatendieron la seguridad de niños, niñas y adolescentes para favorecer su crecimiento empresarial, en un caso que vuelve a poner en debate la responsabilidad y la transparencia de las plataformas digitales.

Investigadores de Meta habrían afirmado que “Instagram es una droga”; ejecutivos de Snapchat admitieron que para algunos usuarios “la adicción a la app domina su vida”; reportes internos de TikTok señalaban que los menores “no tienen capacidad ejecutiva para controlar su tiempo de pantalla”; y personal de YouTube expresó que impulsar la frecuencia de uso era incompatible con promover el bienestar digital. Según los demandantes, estas decisiones no fueron aisladas: respondían a una estrategia diseñada para aumentar el tiempo de conexión y, con ello, los ingresos por publicidad.

🤔 Entonces, me pregunto, ¿qué están haciendo los Estados para ponerle un freno a esta industria que crece a costa del daño que genera en toda la población?


Mientras pienso en esta fragmentación de la atención, del consumo, de las audiencias, pienso también en la fragmentación de la sociedad. Todos estos contenidos breves, estos recortes, quirúrgicamente seleccionados y segmentados por los sistemas automatizados de curación de contenidos de las plataformas que usamos para entretenernos e informarnos, también son creados por “creadores de contenidos” bastante fragmentados. Pienso en ese concepto de la long tail que me enseñaron en la facultad hace un poco más de 15 años. En lugar de pocos medios de comunicación para un público masivo, muchos pequeños productores y creadores de contenidos para pequeñas audiencias (pequeños nichos de mercado):

❓ ¿Qué pasa cuando la sociedad está tan fragmentada que ni siquiera hay un lenguaje común? ¿Qué pasa cuando cada uno está mirando su propio nicho, cada uno está hablando su propio lenguaje y nuestras voces ya no están tan juntas?

Como dice Paula Sibilia en la introducción de su último libro “Yo me lo merezco”, entre estas voces “se han alzado voces antes inaudibles y todavía discriminadas en términos de clase, género o raza, entre otros indicadores de desigualdad social (…) Pero esas voces no fueron las únicas en levantarse tras el desplome del viejo mundo; ni, tal vez, las que supieron actuar de modo más estratégico y decisivo en el nuevo escenario”.

“Afinados con el ideario neoliberal ya implantado, pero en sintonía con renovadas tendencias autoritarias, estos otros ‘empoderados’ del siglo XXI desprecian los antiguos consensos acerca del bien común y la democracia, mientras defienden libertades individuales estrictamente mercadológicas e irrumpen con su irreverente violencia explícita en diversos ámbitos”, dice la autora.

Como es imposible -aunque tentador- resumir todo el libro por acá, te comparto esta excelente entrevista que le hizo Tomás Pérez Vizzón en el primer episodio de la última temporada de Todo es fake, el podcast de Anfibia.


Antes de despedirme, aprovecho para recomendar una lectura. “Elogio de la lentitud” de Carl Honoré, un libro que leí en 2008, pero que no pierde vigencia por lo potente de su mensaje. La lentitud de la vida la pienso no como tendencia -porque ya vemos que la marea lleva para otro lado-, sino como resistencia.

Ahora que se viene la época de fiestas y el receso de verano (o de invierno, dependiendo desde dónde estés leyendo esto), te/les deseo que puedan encontrar momentos de ocio en los que puedan detenerse a descansar.

Algunas lecturas que te pueden interesar 📚

  • A +10 años de la publicación de The Shallows, libro que abrió el debate sobre el impacto de Internet en nuestro cerebro y con el burnout en adultos y preocupación x las infancias, Laura Marajofsky, periodista de cultura digital y fundadora del Mapadebarmaids, escribió para La Diaria sobre sobre lo que llama la trend “me quiero bajar de la vida digital”.
  • Uno de los temas que se continúa debatiendo y discutiendo: Australia aprueba la primera ley en el mundo que prohíbe que los menores de 16 años usen redes sociales y no es el único en esta dirección: La Cámara de Diputados de Brasil aprobó el tratamiento en régimen de urgencia de un proyecto de ley orientado a proteger a niños, niñas y adolescentes en el entorno digital, con foco en frenar los procesos de “adultización” en redes sociales. La iniciativa apunta a limitar prácticas y dinámicas que exponen a menores a contenidos, lógicas de consumo y expectativas propias del mundo adulto, en un contexto marcado por plataformas que incentivan la hiperexposición y la monetización de la atención desde edades cada vez más tempranas.

Espero te haya resultado interesante este correo (o post). Cualquier cosa, podés escribirme. ¡Que tengas un lindo mes!
¡Felices fiestas! 🎆

Gracias por estar ahí.
Carolina

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