El auge de la IA en México presiona la red eléctrica y profundiza el uso de energía fósil

Por: Carolina Martínez Elebi

La expansión acelerada de centros de datos para inteligencia artificial, impulsada por empresas tecnológicas extranjeras, está aumentando la demanda energética en México. La falta de infraestructura renovable suficiente obliga a recurrir a combustibles fósiles, con impactos ambientales y sociales visibles, especialmente en el estado de Querétaro.

México se ha convertido en un destino estratégico para la instalación de grandes centros de datos vinculados al crecimiento global de la inteligencia artificial. Sin embargo, el ritmo de expansión de esta industria está superando la capacidad del país para abastecerla con energía limpia. Como resultado, la operación de estos complejos depende cada vez más del petróleo, el gas natural y el diésel, en un contexto de infraestructura eléctrica saturada y con efectos directos sobre las comunidades locales.

Querétaro se consolidó como el epicentro de este proceso. Allí, los centros de datos —estructuras de gran escala comparables a estadios— concentran cientos de servidores que demandan un suministro energético constante y elevado. Las necesidades actuales rondan los 200 megavatios y, de acuerdo con estimaciones del propio sector, podrían multiplicarse en los próximos años. Esta presión aceleró una carrera por ampliar la red eléctrica, sin que la expansión de energías renovables acompañe el mismo ritmo.

Investigaciones recientes señalan que la capacidad de generación limpia en México no crece lo suficientemente rápido como para absorber la demanda asociada a la IA. En ese marco, empresas líderes del sector tecnológico como Microsoft, Google y Amazon recurren a soluciones transitorias basadas en combustibles fósiles mientras esperan conexiones definitivas a la red. En el caso de Microsoft, informes de impacto ambiental reconocen que algunos de sus centros de datos funcionan con generadores de gas natural durante años, ante la demora en la infraestructura necesaria para operar con energía renovable.

Desde la industria, se sostiene que estas medidas son temporales y que los centros de datos dependen principalmente de la red eléctrica nacional, utilizando generadores solo como respaldo. No obstante, especialistas en impacto ambiental advierten que, en la práctica, resulta más sencillo y rápido incrementar el uso de combustibles fósiles que desplegar proyectos solares o eólicos de escala industrial. Esta brecha entre promesas y realidad profundiza la contaminación local y agrava la presión sobre un sistema eléctrico que ya presenta déficits estructurales.

Las cifras oficiales muestran la magnitud del desafío. En 2024, el 77% de la energía generada en México provino de fuentes fósiles. Al mismo tiempo, el sector de centros de datos estima que para 2030 necesitará alrededor de 1,5 gigavatios de energía, lo que equivaldría a consumir el 5% de toda la nueva capacidad que el país planea incorporar en ese período. Aunque el gobierno proyecta que el 80% de la nueva infraestructura energética provenga de fuentes renovables, el desfasaje temporal entre la llegada de los centros de datos y la disponibilidad de energía limpia genera una dependencia inmediata de fuentes altamente contaminantes.

La situación también tiene consecuencias sociales. La sobrecarga de la red eléctrica se traduce en cortes de luz frecuentes y en mayores niveles de contaminación para las poblaciones cercanas a los parques industriales. A esto se suma la falta de transparencia: los centros de datos instalados en estos parques están eximidos de presentar informes de impacto ambiental detallados, lo que dificulta conocer con precisión el volumen real de emisiones y responsabilidades empresariales.

A nivel global, el caso mexicano refleja una tensión más amplia. Según datos de la Agencia Internacional de Energía, más de la mitad de la energía que consumen los centros de datos en el mundo proviene de combustibles fósiles, mientras que las renovables cubren poco más de una cuarta parte. El crecimiento acelerado de la IA, lejos de alinearse automáticamente con los compromisos climáticos, está impulsando un nuevo ciclo de dependencia energética que contradice los discursos de sostenibilidad de gobiernos y corporaciones.

En México, la promesa de una transición hacia energías limpias convive con una realidad marcada por urgencias industriales, infraestructura insuficiente y decisiones que priorizan la velocidad del negocio tecnológico por sobre los impactos ambientales y sociales. Mientras los centros de datos continúan multiplicándose, la pregunta central sigue abierta: quién asume los costos de un modelo de desarrollo digital que, por ahora, se apoya en fuentes de energía “increíblemente sucias y destructivas”, aun cuando el discurso oficial apunte en otra dirección.

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