Sobre «plataformas», consumidores y… el sentido de la vida.
En los últimos meses estuve pensando y trabajando con temas muy diversos, pero hay uno en particular que es recurrente. A mediados de agosto fui invitada a participar de un panel sobre «Apropiaciones, usos y consumos de redes sociales por niñas, niños y adolescentes» organizado por la Defensoría de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (NNyA) de Argentina. ¿Qué están pensando desde la Defensoría? Básicamente, lo mismo que preocupa en la actualidad en muchísimos otros países del mundo: ¿Cómo podemos regular a las plataformas digitales que están pensadas, diseñadas e implementadas bajo una lógica de mercado que está afectando a niñas, niños y adolescentes desde edades cada vez más tempranas?
Esa fue la pregunta disparadora del panel y sería imposible para mí —en estas escasas líneas que escribo medio a las apuradas— traducir todo lo que se conversó durante las casi tres horas de forma justa. El nivel de las y el expositor de esa mesa fue muy rico y se compartieron diversas miradas y diagnósticos, así como ideas y propuestas sobre cómo abordar esta compleja problemática que nos atraviesa.
Atahualpa Blanchet, investigador del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Sao Paulo y consultor del Consejo Nacional de Derechos Humanos de Brasil; Cecilia Galvan, politóloga y directora de investigaciones en Civic Compas; María Capurro Robles, coordinadora de proyectos e investigadora en OBSERVACOM; y Beatriz Busaniche, presidenta de la Fundación Vía Libre y docente de grado y posgrado en UBA, UTDT y UDESA, hicieron valiosos aportes a la conversación.
Por un lado, se destacó el caso de la reciente ley en Brasil (ECA Digital) para regular a las plataformas digitales y proteger a los menores de la “adultización” en las redes sociales [“se trata del fenómeno por el cual los menores se ven expuestos en la red a comportamientos y responsabilidades típicos del mundo adulto, con consecuencias para su desarrollo”]. Galvan se refirió a la necesidad de regular sin prohibir el acceso a las buenas experiencias que los NNyA pueden tener en espacios digitales. María Capurro destacó las instituciones que ya existen en los gobiernos y que pueden ampliar sus capacidades para ocuparse de garantizar la protección integral de NNyA también en estos espacios (actualmente, ya existen instituciones que se ocupan de esto mismo pero, por ejemplo, en relación a los contenidos que se emiten en televisión).
Por su parte, Busaniche, se refirió a la responsabilidad que tienen las propias empresas. Para ejemplificar esto, se enfocó en un caso que involucra a TikTok —muy usada por adolescentes de entre 13 y 17 años de edad— [Anderson v. TikTok (2024)] en el que la Corte de Apelaciones de los Estados Unidos establece que el FYP (For You Page —la sección en donde se aplica el algoritmo de recomendación de la plataforma para los contenidos que se le muestran al usuario—) es un contenido de primera mano de la plataforma y, por lo tanto, le atribuye responsabilidad sobre las recomendaciones.
En mi caso, propuse prestar atención a qué nos está pasando a las personas adultas. Cómo usamos el celular. Cuántas veces por día desbloqueamos el teléfono para ver, leer, buscar qué cosas. ¿Y las redes sociales? ¿WhatsApp? Por otro lado, antes de llegar a situaciones extremas como la del caso Anderson, hay muchas instancias previas a las que hay que prestar atención. Desandar todo el sendero para entender cómo se llega a que niñas, niños y adolescentes se encuentren durante horas solos y solas frente a una pantalla, mirando contenidos que se van sucediendo unos tras otros mediados por algoritmos de recomendación diseñados por mega corporaciones que tienen sus casas matrices del otro lado del hemisferio.
¿Qué pasa en esos hogares, en esas comunidades, en nuestras sociedades? ¿Cómo estamos viviendo nuestro día a día? La profunda precarización de las condiciones materiales de millones de personas y familias en los últimos años (sobre todo la última década, con una pandemia de por medio que nos atravesó en niveles que todavía no logramos conceptualizar del todo) hace que sea difícil pensar en familias que puedan intervenir activa y conscientemente a la hora de “proteger” a NNyA de toda una maquinaria diseñada para generar adicción y vender [cosas, ideas, experiencias].
Es por eso que, entre las propuestas que se fueron mencionando, además de regular concretamente a las plataformas y de debatir sobre otro tipo de medidas (como qué se debe hacer con los celulares en las escuelas) planteé que es necesaria una mirada integral desde el Estado, a través de regulaciones y políticas públicas, para garantizar la mejora en la calidad de vida del conjunto de la población.
Cuestiones esenciales como el acceso a la vivienda digna, un trabajo con un salario estable (¿se acuerdan? 🥹), la salud y la educación hace tiempo que están en crisis. En Argentina, por ejemplo, en los últimos años pasamos de reclamar el acceso a créditos para la vivienda propia para pasar a pelear por la posibilidad de alquilar algo en una ciudad con Buenos Aires.
No me quiero ir por las ramas pero si tenemos familias que necesitan tener varios trabajos para poder llegar a fin de mes y viven en una incertidumbre permanente sobre lo que sucederá más adelante, es muy difícil creer que pueden estar realmente presentes y acompañando a esos niños, niñas y adolescentes. Y es un poco más fácil entender por qué tantas familias habilitaron el uso de smartphones por parte de sus hijos (en muchos casos, a edades tan tempranas).
Claro que este fenómeno es multicausal, pero si las condiciones materiales de existencia no mejoran, es muy difícil imaginar que esto se resuelva solo con leyes que imponen prohibiciones 🤷🏻♀️
⁉️ [[ ¿Qué actividades y experiencias están reemplazando todas esas horas frente a las pantallas? ]]

Ese mismo día, más tarde, fui invitada por Revista DEF a responder una serie de preguntas (que tenía que responder en menos de 1 minuto 🫠) y la que más me interesó responder fue la siguiente: ¿Deberíamos preocuparnos más por el futuro de la tecnología o por el presente? Lo podés ver acá.
Mientras tanto, estuve leyendo La generación ansiosa, el libro de Jonathan Haidt que plantea ya desde la portada la siguiente pregunta: Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes. A quien le interese interiorizarse en el tema, le recomiendo su lectura.
Antes de leerlo, había leído varios artículos que coincidían en remarcar lo que el libro destaca en su contratapa; las cuatro reformas que, según el autor, proporcionarían “una infancia más sana en la era digital”:
- Nada de smartphones antes de los 14 años.
- Nada de redes sociales antes de los 16 años.
- Nada de teléfonos móviles en los colegios.
- Más independencia, juego libre y responsabilidad en el mundo real.
De estas 4 reformas, que tienen que ver con abordar esta problemática desde una acción colectiva, las que más se han empezado a discutir -y a aprobar- son aquellas que tienen que ver con las primeras 3. Sin embargo, más allá de esas 3 reformas, que tienen la forma de prohibiciones y restricciones, la cuarta es la que me parece más positiva y constructiva. De hecho, sin esa última, las otras 3 no tienen sentido (o no veo que puedan tener un efecto positivo si solo se quedan en algo que se les prohíbe, se les saca, se les restringe.
La cuarta reforma que propone el autor consiste en algunas medidas como las siguientes:
- Que los gobiernos dejen de castigar a los padres por dar libertad a los niños en el mundo real: esto no lo dice por decir, sino que presenta algunos ejemplos como el de una madre en Carolina del Sur, EEUU que, en 2014, fue presa 17 días por dejar que su hija de 9 años jugara en la plaza de su barrio mientras ella trabajaba en el McDonald’s. Algunos vecinos la defendieron en ese momento: “Su hijo no es el único que está sin padre en el parque. Hay niños por todo el vecindario”. También aclararon que había vecinos y padres de otros niños amigos de la niña que podían cuidarla. Eso no importó.
Con respecto a este tema, me parece más que interesante el movimiento Let Grow que promueve la independencia razonable de la infancia. El autor, que apoya este movimiento, sostiene que “cuando depositamos confianza en los niños, remontan el vuelo. Confiar en nuestros hijos para que empiecen a aventurarse en el mundo puede ser lo más transformador que podemos hacer los adultos”. - Fomentar un mayor juego en los colegios: el autor plantea que los niños con falta de juego se vuelven ansiosos y pierden la concentración y destaca los beneficios del juego libre en general y del recreo en particular.
”El juego libre y no estructurado conduce -directamente- a hacer amigos, al aprendizaje de la empatía, de la regulación emocional y de las habilidades interpersonales, y fortalece enormemente a los estudiantes al ayudarlos a encontrar un lugar saludable en su comunidad escolar, al tiempo que les enseña las habilidades más importantes de la vida, como la creatividad, la innovación, el pensamiento crítico, la colaboración, la comunicación, la autodirección, la perseverancia y las habilidades sociales” (Kevin Stinehart, profesor de 4to grado de la Central Academy of the Arts, del área rural de Carolina del Sur. Entrevistado por Haidt para su libro).
En un caso que cita el autor sobre una experiencia de un “recreo sin reglas” cuenta que el resultado fue “más caos, más actividad y más empujones en el patio, pero también más felicidad y más seguridad física (…) Los niños asumen la responsabilidad de su seguridad cuando de verdad son los responsables de ella, en lugar de depender de los guardianes adultos que están encima de ellos”.
Para pensar. - Diseñar y zonificar los espacios públicos pensando en los niños: sobre todo en grandes ciudades esto puede ser cada vez menos visible, pero destaca que cuando los niños y adolescentes pueden ir a pie o en bicicleta al parque, a la casa de un amigo o a hacer compras -y no dependen de que alguno de los adultos les haga de taxista-, serán muchos menos “los que terminen delante de una pantalla”.
Definitivamente este es un tema complejo, que tiene muchas aristas, y es inabarcable en un solo correo (o post), pero no quiero dejar de hacer hincapié en lo importante (y urgente) que es cambiar de rumbo.
Poder ser niños, jugar libremente solos o con otros, explorar el lugar en el que viven, tener aventuras… Poder ser adolescentes, juntarse con amigas y amigos en plazas, en casas, juntarse a estudiar, tomar mate, hacer deporte en algún club, salir al cine, a recitales, a fiestas. Tener experiencias compartidas fuera del hogar y sin pantallas de por medio permite que corramos a las plataformas del centro de la escena. Que dejen de ser estas empresas las que imponen las dinámicas sociales que, por cierto, son permanentemente interrumpidas por lo que de verdad las sostiene: la publicidad que les (y nos) intenta vender cosas, ideas, estilos, tendencias.
Porque, en medio de este mundo en el que las relaciones sociales están siendo mercantilizadas por estas compañías, es necesario recordar y defender que no vinimos a este mundo a comprar cosas.
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