Stargate Argentina: infraestructura, poder y dependencia en la carrera por la IA

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En enero de 2025, Trump anunció Stargate y dejó en evidencia que la carrera por la inteligencia artificial no era solo tecnológica sino también económica, militar y geopolítica. En octubre, ese proyecto llegó a la Patagonia. Esta inversión en Argentina funciona como punto de partida para analizar una disputa más amplia que está reordenando el sistema internacional.

Cuando el gobierno argentino del Presidente Javier Milei presentó Stargate Argentina, un centro de datos de hasta 500 megavatios en la Patagonia, el argumento fue posicionar al país como «líder regional en inteligencia artificial». En esa línea, se destacó el potencial de atraer inversión, generar empleo y desarrollar capacidades tecnológicas locales. Sin embargo, la infraestructura responderá a OpenAI, operada bajo sus condiciones y orientada a su demanda global de cómputo.

La disputa global por la inteligencia artificial

Por un lado, hay una dimensión de esta disputa que pertenece al orden más clásico de la política entre naciones. En julio de 2025, Estados Unidos lanzó el plan “Ganar la carrera por la IA”. Como en la Guerra Fría, el país que domine esta tecnología obtendrá ventajas económicas, militares y geopolíticas decisivas. Por otro lado, China avanza con una planificación de largo plazo para incorporar inteligencia artificial en el 100% de los sectores clave hacia 2035. La escena que materializa esa coordinación ocurrió en febrero de 2025, cuando Xi Jinping convocó a una reunión con ejecutivos tecnológicos y el fundador de Huawei comunicó que lidera una red de más de 2 mil empresas trabajando para lograr autosuficiencia superior al 70% en toda la cadena de valor para 2028. Detrás de DeepSeek, Alibaba o Huawei no hay solo empresas compitiendo en el mercado: hay una estrategia de Estado diseñada para una década.

Ahora bien, reducir la disputa a una lógica puramente estatal sería incompleto. La competencia también se desarrolla a través de múltiples canales: empresas privadas que desarrollan y despliegan modelos; las cadenas de suministro de chips y los minerales que los hacen posibles; los estándares tecnológicos que definen las reglas del juego; los flujos de datos que cruzan fronteras y alimentan los sistemas; y la infraestructura física (cables, servidores, centros de datos). En este entramado, los Estados no son los únicos actores relevantes y la agenda no se ordena de manera jerárquica. Es en esa superposición donde emerge una paradoja: mientras las potencias compiten por la primacía, dependen al mismo tiempo de redes globales profundamente interconectadas.

Por ahora, la ventaja estadounidense radica en el hardware. Sus empresas concentran aproximadamente el 70% de la capacidad global de cómputo en IA, frente al 10% de las chinas. Estas instalaciones se han convertido en activos estratégicos comparables a puertos o plantas de energía, mientras que los semiconductores se consolidan como un recurso crítico y su control como instrumento de política exterior.

Sin embargo, mientras Washington busca consolidar el eslabón más avanzado de la cadena tecnológica mediante restricciones a chips de última generación, China revela la profundidad de la interdependencia al avanzar en el control de insumos minerales como el galio y el germanio, sin los cuales esos mismos chips no pueden fabricarse.

Esta es la paradoja que diferencia este conflicto de los del pasado. Washington apostó a restringir el acceso de China a los chips para frenar su desarrollo de IA pero cuando DeepSeek lanzó su modelo R1 en 2025, rivalizando con desarrollos de OpenAI a menor costo, evidenció que las restricciones podían acelerar la innovación. El propio DeepSeek reconoció haber usado chips Nvidia fabricados en Estados Unidos para lograr ese avance. Frente a eso, Trump optó por abrir parcialmente las exportaciones: si China igual accedía a los chips, era preferible mantenerla dependiente del ecosistema de software de Nvidia antes que empujarla a desarrollar alternativas propias. El resultado no parece ser una victoria clara de ninguna de las dos potencias sino más bien una bipolaridad asimétrica en la que ambos países podrían emerger como líderes en distintas partes del ecosistema, sin que ninguno domine el conjunto. 

Argentina en el nuevo mapa de la infraestructura digital

Esa interdependencia no neutraliza la competencia, y sus efectos se proyectan sobre el Sur Global. China impulsa modelos abiertos que podrían convertirse en una alternativa estructural para los países que no pueden acceder al ecosistema estadounidense. En paralelo, Estados Unidos cedió espacio en la construcción de estándares al no firmar la declaración sobre IA inclusiva en la cumbre de París, justo cuando el Sur Global busca referentes para definir su propia gobernanza tecnológica. 

En este tablero, los países en desarrollo se convierten en el terreno donde se dirime la disputa. Se estima que América Latina captará una porción marginal de los beneficios económicos de la IA. El desafío no es solo elegir entre tecnologías, sino evitar quedar al margen de su desarrollo.

En este escenario debe leerse el caso argentino: atraer una inversión como Stargate no es en sí mismo un error, sino una decisión razonable en un contexto con escasas alternativas. Sin embargo, una decisión de esta magnitud debe ser leída estratégicamente, ya que lo que está en juego es energía, agua y territorio patagónico.

La experiencia global con infraestructura de este tipo ofrece señales de advertencia que vale la pena considerar: un centro de datos típico de IA consume tanta electricidad como 100.000 hogares y los más grandes en desarrollo consumirán veinte veces más. Un centro de gran escala puede demandar hasta 18,9 millones de litros de agua por día, lo equivalente a las necesidades de una ciudad de 50.000 habitantes. Se trata, en definitiva, de un momento bisagra en el cual las decisiones de infraestructura de IA que se toman en esta década definirán si la tecnología acelera el progreso o se convierte en una nueva carga ambiental.

La Patagonia fue elegida precisamente por su disponibilidad de recursos, que el anuncio oficial celebró como ventajas comparativas, pero se trata de recursos naturales con valor propio. En la economía global de los recursos naturales, es primordial que la cesión no sea incondicional para no quedar relegado a un rol de mero proveedor.

Que exista una renta bien capturada depende de la capacidad de negociar para que se garanticen transferencia tecnológica, marcos regulatorios que protejan los datos generados en el territorio y compromisos de desarrollo de capacidades locales. La diferencia entre inserción y dependencia no está en abrirse, sino en la capacidad de negociar y construir poder a partir de esa apertura.

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