Cuando el autocorrector corrige la identidad

Por: Carolina Martínez Elebi

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El voseo rioplatense frente a las tecnologías del lenguaje.

Escribir “tenés” y que el sistema lo subraye en rojo. Teclear “decime” y ver cómo el autocorrector insiste en reemplazarlo por “decirme” o “dime”. La escena es cotidiana para millones de personas que hablan español en Argentina, Paraguay, Uruguay y una parte de Bolivia. No se trata de errores ortográficos ni de usos marginales del idioma, sino de una forma plenamente válida, reconocida y normativizada del español: el voseo rioplatense. Sin embargo, buena parte de las tecnologías lingüísticas que usamos a diario parecen no saberlo —o peor aún, no les interesa.

El problema no es menor ni anecdótico. Los autocorrectores, teclados inteligentes y correctores gramaticales no solo asisten la escritura: modelan qué formas del lenguaje son consideradas correctas, visibles y legítimas en el entorno digital. Cuando una variedad lingüística es sistemáticamente marcada como errónea, el mensaje implícito es claro: esa forma de hablar no encaja en el estándar tecnológico.

Una variante legítima tratada como desviación

A diferencia de otros voseos del mundo hispanohablante, el rioplatense no es residual ni coloquial en sentido estricto. En Argentina y Uruguay, el uso de vos y sus conjugaciones (tenés, sabés, vení, decime) forma parte de la norma culta, está respaldado por las academias de la lengua y es habitual incluso en registros formales. No hay ambigüedad normativa: escribir “vos tenés” es correcto.

Aun así, muchos correctores ortográficos siguen funcionando sobre un modelo de español que privilegia el tuteo o el «español neutro» (una variante lingüística artificial, creada principalmente para doblajes y medios audiovisuales), tratando al voseo como una anomalía. El resultado es una fricción constante entre la forma en que las personas hablan y escriben, y la forma en que las máquinas aceptan —o rechazan— ese lenguaje.

En procesadores de texto, teclados móviles y plataformas digitales, las conjugaciones voseantes suelen aparecer subrayadas, sugeridas como “errores” o directamente reemplazadas de manera automática por formas del . Esta corrección forzada no es inocua: altera el registro, distorsiona el sentido y, en muchos casos, introduce errores donde no los había.

Tecnología, estandarización y poder simbólico

Desde una perspectiva más amplia, el problema del autocorrector y el voseo expone una cuestión estructural y cultural, de identidad: quién define el estándar lingüístico en las tecnologías digitales. Los modelos de lenguaje, los diccionarios integrados y las reglas gramaticales que alimentan estas herramientas no son neutros. Se construyen a partir de corpus, decisiones técnicas y prioridades comerciales que suelen concentrarse en variantes dominantes del idioma.

En ese proceso, las variedades regionales —aunque sean habladas por millones— quedan relegadas, subrepresentadas o directamente excluidas. El voseo rioplatense es un caso paradigmático de esta lógica: una forma legítima del español que, en el ecosistema digital, aparece como “ruido” a corregir.

La consecuencia es doble. Por un lado, los usuarios deben adaptarse a la máquina, desactivar autocorrectores, entrenar diccionarios personales o resignarse a escribir de un modo que no les resulta propio. Por otro, se consolida una idea implícita de “buen español digital” que no refleja la diversidad real del idioma.

Respuestas desde abajo (y desde los márgenes)

Durante años, frente a la falta de reconocimiento del voseo en las herramientas dominantes, surgieron iniciativas independientes y soluciones artesanales —teclados alternativos, diccionarios personalizados, ajustes manuales— que demostraron algo clave: el problema no era técnico, sino de prioridades. El voseo podía integrarse a las tecnologías del lenguaje si existía voluntad para hacerlo.

Estas experiencias, algunas de ellas hoy discontinuadas, funcionaron como prueba de concepto y dejaron en evidencia un límite persistente: mientras la adaptación no sea estructural y por defecto, la carga seguirá recayendo en las personas usuarias, obligadas a acomodar su forma de escribir a estándares ajenos.

Más que un problema de escritura

Reducir esta discusión a una molestia cotidiana sería un error. Lo que está en juego es el derecho a expresarse en la propia variedad lingüística también en los entornos digitales. Cuando las tecnologías del lenguaje corrigen una forma legítima, no solo corrigen palabras: corrigen identidades, registros culturales y modos de habitar el idioma.

En un contexto donde la inteligencia artificial, los sistemas de autocompletado y los modelos de lenguaje ganan cada vez más peso en la producción de textos, estas preguntas se vuelven urgentes. ¿Qué español están aprendiendo las máquinas? ¿A quién representan? ¿Qué voces quedan fuera?

El caso del voseo rioplatense muestra que la diversidad lingüística no se garantiza sola en el ecosistema digital. Requiere decisiones conscientes, participación de la comunidad, voluntad política y una mirada que entienda que el lenguaje no es solo un insumo técnico, sino un derecho cultural.

Escribir “tenés” no debería ser, todavía hoy, un acto de resistencia frente al autocorrector.

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