Sobre el presente vertiginoso y la falta de tiempo para pensar, soñar, imaginar un futuro mejor.

Hola, ¿cómo estás?
Hace unos días que vengo pensando en este correo (o en este post). No escribo (acá) desde febrero, pero eso no significa que no sintiera la culpa de no hacerlo.
Ahora, dejando la culpa de lado, me di cuenta que me gusta escribir acá cuando siento que tengo algo para decir. Que pensé algo que quiero compartir. Parece una pavada pero no es menor. Porque ese “pensar” requiere de tener tiempo para eso, y estos últimos meses sólo había tenido tiempo para hacer, no para pensar.
Por un lado, con unos colegas estuvimos trabajando en una investigación sobre las tendencias regionales y las dinámicas geopolíticas de los sistemas de reconocimiento facial en América Latina, que anunciaré por acá cuando esté publicada. Por otro lado, con otro colega de la región estuvimos trabajando en el análisis del fenómeno del shadowbanning y en las prácticas de reducción de alcance por parte de las grandes plataformas digitales, y su impacto en la libertad de expresión de periodistas y activistas políticos y sociales. También avisaré cuando esté publicado.
Mientras hacía eso, también hacía otras cosas, como nos está pasando a todos. La vida misma, como nos decimos para nuestro consuelo. No paramos, no podemos parar. Y para pensar, hay que parar un poco.
En mi último correo ya me lamentaba un poco de estos tiempos vertiginosos que estamos viviendo: “¿Soy la única que extraña cuando las cosas se desarrollaban a un ritmo más lento? No hay paz”, dije. Una de esas frases que se cuelan mientras una escribe, precisamente, para pensar. Ahí me leí a mí misma en ese lamento, esa queja, y pensé que, de todo lo que hago, hay algunas cosas que puedo hacer a un ritmo más lento -o dejar de hacer- y otras que no. Pensar las TIC es el espacio en el que me refugio para pensar y para ir más lento, así que voy a dejar de prometer(les)me, que voy a escribir un correo al mes. Mi realidad es que voy a escribir cuando pueda y cuando tenga algo para compartir que haya podido pensar.
En esta oportunidad, el tema que me viene dando vueltas en la cabeza tiene que ver con la necesidad de tener tiempo para pensar e imaginar un futuro mejor. Como siempre, no soy la única que está pensando esto y no creo que sea casual que me encuentre con varias personas que están pensando, hablando y escribiendo sobre esto.
En mi caso, soy de las personas que escriben para pensar. Me ordena. Y, en los ratos en que no tengo el tiempo o la predisposición para ponerme a escribir, leo (que es otra forma de pensar).
En esos ratos, elegí tres libros que se cruzan en varios puntos: “Volver a pensar”, de mi querido Tomás Balmaceda; “Un millón de cuartos propios”, el ensayo más reciente de Tamara Tenembaum; y “Sociedad pantalla”, de Esteban Ierardo, uno de mis profesores más inspiradores en la carrera.
Mientras escribía este correo, me crucé también con uno de los últimos post de Irina Sternik, en el que también reflexiona sobre el tiempo (o la falta de él) y en un momento dice “el tiempo que no tenemos seguramente se lo estamos regalando a Netflix (y sus amigos) y las redes sociales. ¿Cuánto tiempo perdemos allí?”. Estoy casi segura de que ustedes también tienen más o menos momentos en los que se cuestionan cuánto tiempo pasan (pierden) en las redes sociales, viendo videos en Instagram o TikTok, scrolleando en X, leyendo notas, mirando series o recortes de alguna entrevista o alguna columna que se subió a alguno de los cientos de canales de streaming que se estrenan cada semana. De solo escribirlo acá me siento abrumada. Todo ese bombardeo permanente de “contenido” nos llena, nos satura, nos empalaga, nos colma. ¿Cómo se puede pensar así?
Ni bien arranca su libro, Tomás escribe:
Vivimos adormecidos en un mundo que es cada vez más caótico y violento pero que nos sosiega con estímulos para entretenernos y estrategias para escapar de la realidad.
(…)
Debemos volver a pensar, adoptar un punto de vista, ejercer el pensamiento crítico. Si queremos ser verdaderamente libres y dueños de nuestros días, debemos ser desobedientes. No es ni pose de rebeldía ni simulacro de disidencia. Tenemos que desafiar lo establecido, descubrir otras miradas y conocernos a nosotros profundamente.
Llegó la hora de desobedecer.
Defiendo profundamente y promuevo el desarrollo del pensamiento crítico, de la desobediencia, de no seguir tendencias, de no subirse a las olas solo para pertenecer a algo. Es necesario el pensamiento crítico. A veces, vamos a pensar, decir y hacer cosas que no son las que hacen la mayoría, seremos raros, distintos. Quizás nos equivoquemos, quizás no esté bien, quizás eso que hacemos podría hacerse mejor.
En primer lugar, lo importante es, creo, mantenerse fiel a uno mismo. Ser honestos con lo que pensamos y con lo que nos sentimos cómodos, aunque nadie esté de acuerdo con nosotros, aunque estamos medio solos en eso (muy probablemente, no vayamos a estar realmente solos. Alguien más puede estar pensando lo mismo en otro lugar y expresar nuestra verdad interior permite que conectemos). Sin esas diferencias, sin personas que aporten al mundo su creatividad, su mirada, su imaginación, su crítica, su punto de vista que la distinguen de los demás, solo somos un montón de autómatas haciendo lo mismo que el resto, adormecidos.
Un poco en la misma línea, Tamara, en el capítulo “Sobre el trabajo” de su último libro, plantea lo siguiente:
Más allá de que es verdad que necesitamos más ocio y un mundo menos obsesionado con lo productivo, vale la pena también recuperar el valor de trabajar; esa propiedad única que tiene un empleo de ser al mismo tiempo algo que te conecta con el mundo y algo que te resulta muy tuyo.
(…)
Pienso, también, que revalorizar el tiempo en el que estamos trabajando, concentradas en resolver un problema (el que sea: terminar una nota, enchapar un auto, responderle a un cliente, sacar una mancha) es una manera de no regalarle ese tiempo al consumo o al scrolleo.
Trabajar de lo que sea y en lo que sea, ocuparnos de nuestro trabajo y valorar ese tiempo que le estamos dedicando a esas tareas para no regalarle nuestro tiempo, nuestra atención, al consumo o al scrolleo (que es otra forma del consumo). No matar el tiempo a lo bobo, sino aportar algo al mundo, ayudar a alguien, producir algo útil, algo bello.
En una época en la que el trabajo está tan maltratado, y que solo parece presentarse como un medio para generar ingresos -y a veces ni para eso-, puede ser difícil convencer a quienes piensen eso de que el trabajo tiene algún otro tipo de valor que va más allá de cuánto dinero nos permita ganar. Sin embargo, como dice Tamara, “un trabajo digno te da mucho más que un ingreso: te da un sentido de la subjetividad y de la identidad”. Además de que sigue siendo uno de los ámbitos de la vida en los que se genera una forma de socialidad distinta. Dejar de scrollear en soledad y conectar con los que nos rodean.
[ Igual sí, el trabajo se tiene que pagar mejor. ]
Recapitulando, para ordenar este pensamiento desordenado. En un mundo caótico y violento, estamos dedicando gran parte de nuestro tiempo a trabajar, en forma precarizada y, para sobrellevar el día a día, entretenemos a nuestra mente adormecida scrolleando. Entre una cosa y otra, ¿estamos frenando para pensar cómo salir de este lío en el que nos metimos?
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Pensar, soñar, imaginar
Decidí ilustrar este correo con el cuadro del pintor ruso Konstantin Yuon titulado “Gente del futuro”, una obra creativa utópica de 1929, durante la Rusia post-revolucionaria. “Esta obra muestra ese primer optimismo que se respiraba en los años iniciales de la revolución. Gracias a la tecnología, la gente en el futuro podría volar, podría ser libre surcando los cielos de una nación poderosa y desarrollada. Incluso podría muy pronto llegar al espacio”, explica Miguel Calvo Santos. Es notable la mirada optimista que había sobre el futuro gracias a la mirada que se tenía sobre la tecnología. Se pensaba en alcanzar ideales que podían parecer imposibles. Se imaginaba un futuro que podía ser mejor.
Hay una frase muy conocida de Albert Einstein, que dice lo siguiente: «Soy lo suficientemente artista como para dejarme llevar libremente por la imaginación. La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado. La imaginación abarca el mundo entero». (Entrevista realizada por George Sylvester Viereck y publicada el 26 de octubre de 1929 en The Saturday Evening Post).
[ no puedo evitar pensar en la coincidencia -aunque claramente no lo es- de que el libro de Virginia Woolf -a partir del cual escribe Tamara su libro-, la obra de arte de Youn, y la entrevista a Einstein sea todo de 1929 ]
Para resolver problemas, por ejemplo, necesitamos no solo del conocimiento sino sobre todo de la imaginación. Ponernos creativos. En Argentina, a esa creatividad para resolver problemas -o para reparar algo-, la llamamos “atar las cosas con alambre” (hasta tenemos una canción que hace honor a esta característica argenta), algo que remite a la capacidad de enfrentar situaciones adversas con ingenio y rapidez, aunque ello implique resolver las cosas de manera improvisada (en El Eternauta eso se ve todo el tiempo).
Hace unos meses, a partir del hartazgo que varios sienten por las redes sociales concentradas (X, Instagram, etc), en el grupo de la comunidad de DHyTecno se dio una discusión interesante sobre los diversos futuros posibles. ¿Irse a otras redes? ¿Dejar de usar redes sociales? ¿Seguir ahí y resistir desde adentro? ¿Resignarse?
Pensando en cómo construir esas diversas alternativas de futuros, me encontré con este ensayo sobre la crisis de la imaginación (publicado en partes por su autora, Elisabet Roselló Román). Ahí cita la famosa frase: “¿Es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo?” (hay un libro que se pregunta por qué el capitalismo puede soñar y la izquierda no) y dice que el problema no es que no podemos imaginarlo, sino que no lo creemos posible.
Pero, entonces, ¿qué estamos imaginando de nuestro futuro cuando intentamos pensarlo?
En “Sociedad pantalla”, Esteban Ierardo analiza la tecnodependencia a partir de la serie de ciencia ficción distópica Black Mirror. Ahí cuenta que su creador, Charlie Brooker, se inspiró en La dimensión desconocida de Rob Serling, una serie proyectada entre 1959 y 1964, en el contexto del macartismo, motivo por el cual tuvo que apelar a la ciencia ficción para poder criticar su presente sin quedar expuesto ante el ojo censor de la época. Sobre esto, Ierardo dice:
La ficción de Serling ponía al descubierto una zona crepuscular, una región de transición a la libertad imaginativa, muy distinta a la realidad política del recorte de libertades civiles.
(…)
Por eso, en la locución de apertura de la primera temporada, Serling anunciaba: “Al igual que el crepúsculo que existe entre la luz y la sombra, hay en la mente una zona desconocida en la cual todo es posible; podría llamársele, la dimensión de la imaginación, una dimensión desconocida en donde nacen sucesos y cosas extraordinarias como los que ahora vamos a ver. ¿Qué no es posible? Todo es posible en el reinado de la mente, todo es posible en la dimensión desconocida”.
A pesar de que esta serie es un antecedente de Black Mirror, esta última carece de ese optimismo del “todo es posible”. La serie de Brooker, que acaba de estrenar la séptima temporada, es “referente del pesimismo frente a los sueños idílicos contemporáneos de la vida consumista y cibernética”, dice Ierardo. La serie es una crítica del presente y nos induce a reflexionar sobre el uso de los dispositivos móviles: o nos entregamos al encierro dentro de las pantallas que se multiplican, o tenemos una relación mesurada y meditada con internet, las redes sociales y los teléfonos móviles. “Solo desde la ética del uso no adictivo de los aparatos entramos y salimos de las pantallas, conservando cierta autonomía ante los medios digitales”, dice Ierardo.
Así, los “desconectados” -que promueven la desconexión digital-, no lo hacen como rechazo de la tecnología, no es tecnofobia, sino como freno de la dependencia.
Pero, entonces, me pregunto: ¿Sólo podemos imaginar un futuro distópico en el que deberemos resistir? ¿Dónde están las utopías que nos impulsan a construir un futuro mejor? ¿Pensamos que “el pasado fue mejor”?
Zygmunt Bauman, citado por Tamara, inventó el concepto de “retrotopía”, que lo explicaba así: “Visiones que se ubican en el pasado perdido/robado/abandonado que se niega a morir, en lugar de vincularse al futuro inexistente, que todavía no ha nacido […] El futuro deja de ser el hábitat natural de las esperanzas y las expectativas legítimas para convertirse en un lugar pesadillesco”. Un poco como Black Mirror. El problema que identifica Bauman es el del reemplazo del pensamiento sobre el futuro por el pensamiento sobre el pasado. Tamara lo explica así: “Cuando la nostalgia empieza a ocupar el espacio público que antes ocupaba la imaginación utopista, esa que nos servía para pensar cuáles eran nuestros próximos pasos”.
Tamara plantea que, en la actualidad, la derecha -tradicionalmente conservadora- es la que está logrando ofrecer una relación emotiva con un futuro. En Argentina, dice que esto se ve en los libertarios a quienes admira “no solo por lo que lograron vender”. Sobre todo les envidia “que hayan logrado creérselo, que es la única manera. El hambre de futuro es de esas cosas que no se pueden fingir”.
El lunes 28 de abril, en el marco de la semana por el Día Mundial de la Libertad de Prensa, desde la cátedra Becerra de Políticas de la convergencia, organizamos un encuentro junto al ICEP de la Universidad Nacional de Quilmes y el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SIPREBA) en el que, junto a Xavier Ibarreche y Sebastián De Toma, presentamos el informe “Usos del ChatGPT entre periodistas de la Argentina”. En el debate, Agustín Lecchi, dirigente de SIPREBA, se refirió a la problemática de la incorporación de IA a la rutina de trabajo de las y los periodistas. Hasta ahora, parecería ser que las distintas herramientas de IA están ayudando a sobrellevar la enorme carga de trabajo que implica el pluriempleo y la enorme demanda de producir cada vez en cada vez menos tiempo. Sin embargo, decía Lecchi, son conscientes de que lo más probable no es que puedan disponer de más tiempo libre, sino que sus empleadores, sabiendo del potencial de estas herramientas, les exijan cada vez más por la misma plata.
En este sentido, en su capítulo sobre el trabajo, Tamara dice: “Vengo a proponerles soñar otra cosa, y actuar en consecuencia, pensando y luchando para construir esos trabajos mejores en condiciones dignas que todavía son posibles, y deberían ser cada vez más posibles y no menos en un mundo que progresa tecnológicamente a pasos agigantados; porque si las máquinas van a reemplazarnos, deberíamos poder trabajar menos horas; y la inteligencia artificial bien podría liberarnos de lo burocrático y administrativo y permitirnos concentrarnos en lo importante, en lugar de arruinarnos la vida”.
Uno de los discursos más famosos de la historia política es el que Martin Luther King Jr. pronunció en 1963 y que empieza con “I have a dream”. Allí, desde las escalinatas del Monumento a Lincoln durante la marcha en Washington por el trabajo y la libertad, habló de su deseo de un futuro en el cual la gente de raza negra y blanca pudiesen coexistir armoniosamente y como iguales. Soñar y actuar en consecuencia.
[ Si llegaste hasta acá, Substack dice que dedicaste alrededor de 15 minutos en la lectura de este correo (o post). Así que, en principio, gracias por tomarte ese tiempo para leerme. ]
No quiero terminar con un pensamiento pesimista, porque algo me dice que no todo está perdido. El hecho de que seamos varias las personas que estamos reclamando tiempo para pensar, que estemos invitando a soñar un futuro mejor, que estemos intentando imaginar, me dice que todavía tenemos muchos motivos para sentir cierto optimismo y esperanza.
Que en 2025 se esté estrenando la serie El Eternauta, que habla de la importancia del héroe colectivo, con su mensaje de “nadie se salva solo”, también me dice que somos muchos los que estamos buscando encontrarnos para cambiar el estado de las cosas. Me gusta pensar que esto es algo que, colectivamente, vamos a lograr superar y que Black Mirror solo es una buena serie que nos ayuda a pensar cómo no queremos vivir.
Te comparto algunas lecturas que te pueden interesar 📚
- Efecto pantalla: las evidencias de la «podredumbre cerebral».Lo que empezó como una expresión sobre el efecto de las redes sociales resultó alarmantemente literal: el scroll infinito podría estar reduciendo nuestra materia gris.
- Organizaciones de la sociedad civil del Sur Global denuncian el creciente dominio del autoritarismo político y corporativo sobre internet. Leé y difundí el Comunicado de Johannesburgo «Es el momento de actuar por la justicia social».
- Algo que preocupa es la aceleración del tiempo en las infancias y en la niñez, lo que Lucía Fainboim describe así: “Tenemos chicas de ocho años que, en lugar de estar jugando con juguetes o pintarrajearse para jugar a ser adultas, hacen su rutina de skincare con productos reales antes de ir al colegio”. Lucía, cofundadora de Bienestar Digital y autora de “Cuidar las infancias en la era digital”, asegura que hoy “lo propio de la infancia está en disputa”, con niños y niñas cada vez más “acartonados” por las lógicas de mercado.
- Sobre el tiempo también -pero de las cosas-, recomiendo esta nota de Laura Marajovsky sobre el derecho a reparar y el movimiento global que promueve la posibilidad de reparar productos en lugar de desecharlos, buscando combatir la obsolescencia programada. ¿Para qué? Para alargar la vida útil de los objetos y evitar el recambio tecnológico prematuro.
- Con el desafío de seguir pensando futuros posibles, hace unos años, un grupo de animadores publicaron la serie “El futuro imposible”.
Espero te haya resultado interesante este correo (o post). Cualquier cosa, podés escribirme. ¡Que tengas un lindo comienzo de mayo!
Gracias por estar ahí.
Carolina

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