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El contexto geopolítico de la IA (Parte 2)

La gobernanza de la IA plantea un dilema: al ser una herramienta de poder geopolítico, su dominio es vital. La carrera armamentista no se detiene, utiliza a naciones en conflicto y sociedades en todo el planeta como campos de experimentación. La colonización algorítmica y la vigilancia predictiva están transformando la subjetividad social, reemplazando la justicia y los derechos humanos por una lógica de consumo y control punitivo. La falta de regulación nos pone frente a una emergencia existencial.

Al igual que otras tantas tecnologías emergentes a lo largo de la historia, la IA es una herramienta de poder y por lo tanto su dominio tiene valor estratégico. Ante un nuevo descubrimiento que da paso al desarrollo de una nueva capacidad tecnológica, nace en paralelo una carrera desesperada por conocerla, hacerle frente, contenerla y/o superarla. 

Es en esta lógica que cobran más sentido las palabras de Alex Karp, CEO de Palantir: “Estas tecnologías son peligrosas para la sociedad; la única justificación que podrías tener es que si nosotros no lo hacemos nuestros adversarios lo harán y entonces estaremos sujetos a su Estado de derecho”. 

No es solo el devenir “natural” de los sistemas económicos y los modelos de producción (capitalista, socialista, etc.) los que generan el impulso innovador. Por sí solos no explican plenamente por qué todo sistema de poder compite por el dominio de la técnica, por su control. Lo que impulsa la competencia por la IA, el combustible que hace posible que elites, representaciones políticas, academia, industrias, fondos de inversión y estados, logren alinear sus intereses para semejante desarrollo, es “el temor al otro”.

Las relaciones internacionales no son una ciencia. Sin embargo, académicos, expertos y diplomáticos concluyen que el sistema internacional es anárquico y que nunca se puede estar seguro de las intenciones de los demás. Al no existir una autoridad suprema que proteja o arbitre algún tipo de justicia global, esta incertidumbre genera un temor constante a que otros actores representen una amenaza real o potencial a sus intereses y a su propia supervivencia. Debido a ese temor, a esa inseguridad, los Estados no pueden darse el lujo de confiar en otros y, para garantizar su continuidad, actúan de forma racional buscando maximizar su poder de manera agresiva y constante, con el objetivo final de alcanzar una posición hegemónica que elimine cualquier amenaza posible. John J. Mearsheimer, llamó a esta teorización “realismo ofensivo” y se traduce en una competencia inevitable y brutal por el poder, en el que la desconfianza hacia los demás Estados no son una anomalía, sino el motor principal que explica el comportamiento de las grandes potencias en la política internacional.

Es ese mismo temor que estuvo -para citar solo unos ejemplos- cuando el primer cohete V-2 diseñado por Wernher von Braun le dio a la Alemania Nazi la supremacía balística global, hasta que EEUU lo secuestrara junto a su equipo técnico para el desarrollo del programa espacial norteamericano. O cuando creyeron que tener la bomba atómica gracias al proyecto Manhattan les daría una década de ventaja sobre la URSS. Una vez lanzadas las bombas atómicas sobre Nagasaki e Hiroshima en 1945 los EEUU creyeron gozar de una ventaja estratégica global de al menos una década. Pero tan solo cuatro años más tarde la URSS mostró al mundo que la potencia nuclear no le era esquiva, inaugurando lo que se conoce como la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada (MAD). 

El temor no implicó un freno, al contrario. EEUU no sólo perfeccionó esa tecnología sino que inventaron otras aún más potentes: la bomba termonuclear o H (1952), la termobárica o de vacío (1960), la de neutrones (1970), el arma de pulso electromagnético (1962), las de uranio empobrecido (entre 1970/80). Por supuesto, el resto de las potencias no se quedaron atrás y se lanzaron a la conquista de estas (y otras) tecnologías. 

Las capacidades destructivas estaban a la vista, sin embargo, el miedo no parece tener límites. En los hechos, la supervivencia de Corea del Norte o tanto el ascenso a potencia nuclear de Pakistán en los ‘70, por ejemplo, explican la vigencia de estas teorías. 

Barullo global

Más allá de la cooperación entre Rusia y China en áreas estratégicas vinculadas a la IA, ambos países cercanos al heartland o área pivote del mundo mantienen una postura común en foros internacionales: las Naciones Unidas deberían tener un papel protagónico en la gobernanza global de la IA

Pero la ONU no parece estar cerca de poder ejercer este papel. Se ha dicho que con el secuestro de Maduro los EEUU destruyeron el derecho internacional, pero fue el genocidio en Gaza y la impunidad de bombardear indiscriminadamente a la población civil lo que cristalizó en que el poder punitivo recae siempre en los más débiles.

Los estrategas del presidente Trump desde hace tiempo vienen diseñando una nueva estrategia tecnológica y militar para que EEUU domine la IA, en línea con el plan nacional de defensa presentado en enero de este año. En solo unos meses se han gastado una parte considerable de su arsenal en la guerra de Irán, lo que proyecta debilidad si no se repone pronto. Saben que la IA puede acelerar los tiempos de desarrollo y saben también que este año es clave para renovar la confianza en su mandato. Así que para lograrlo han solicitado al congreso aumentar el presupuesto militar a 1,5 trillones de dólares, lo que implica un aumento del 40% en solo un año, para apuntalar la reconstrucción estructural de su sistema de producción militar.

Para ello plantean sin medias tintas transformar “al Pentágono y nuestra base industrial para adaptarlos a los estándares de tiempos de guerra”. En esa línea, el gobierno le solicitó a la industria automotriz reconvertir sus líneas de producción para la fabricación de armamento, algo que no ocurría desde la Segunda Guerra Mundial.

El asunto es que la IA emerge apalancada por una competencia global de poder en un contexto de debilidad creciente para regularla. Con las Naciones Unidas y todos sus órganos debilitados financiera y políticamente, la exigibilidad por principios éticos, auditorías públicas, rendición de cuentas o regulaciones fuertes, quedan solo en declaraciones. El riesgo está en que de seguir así terminará depredando los derechos humanos y destruyendo el ya débil sistema internacional de protección, que en la práctica influye selectivamente sobre los estados del sur global.

En una declaración conjunta, relatores independientes de la ONU alertaron recientemente que “se necesita con urgencia un instrumento internacional vinculante sobre la tecnología de vigilancia digital”. Su llamamiento refuerza la reciente posición adoptada en el procedimiento especial del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Con el pretexto de luchar contra el terrorismo, el informe documenta que se está utilizando inteligencia artificial indiscriminadamente para:

  • Gestión de armas autónomas letales.
  • Reunir y analizar información de inteligencia.
  • Vigilancia predictiva del espacio público.
  • Sistemas de apoyo a la toma de decisiones.
  • Diseño de armamento ofensivo y defensivo.
  • Desplegar fuerzas militares y policiales.
  • Gestión de fronteras.
  • Reconocimiento biométrico conductual.
  • Vigilar redes y cámaras en todo el mundo.
  • Interpretar discurso de odio, amenazas y propaganda terrorista.
  • Análisis de comportamiento en lugares de detención.
  • Integrar modelos de visión y lenguaje.
  • Detección de fraude y engaño.
  • Procedimientos judiciales.

Su incidencia en los derechos humanos es ostensible. La vigilancia de los hábitos humanos da lugar al perfilamiento de las personas, grupos y comunidades. Es que la IA está acelerando la datificación de la vida iniciada con las plataformas y redes sociales, se está usando para determinar y predecir el comportamiento humano a micro y macro escala. Esto constituye un activo estratégico en cualquier escenario de conflicto moderno, sea comercial o político. Y la trampa en la que hemos caído está basada en una operación simbólica singular: reemplazar los derechos humanos por las relaciones entre consumidores, subsumiendo la diversidad de la cultura y la vida humana a una relación utilitaria. 

La coerción tecno-feudal

Las tecnologías en general y las IAs en particular no son neutrales aunque se las conciba como una herramienta. Su diseño nunca ha sido neutral, como tampoco lo es su implementación o la elección de su empleo, sea comercial, de seguridad o militar. Sin embargo, lo no admitido es que, al igual que gran parte de las tecnologías digitales emergentes, ejercen un amplio repertorio de regulaciones coercitivas, que no se aplican sobre los fondos de inversión, la industria tech, los laboratorios, ni los centros de investigación. No. Esta coerción se instrumenta sobre las personas y su actividad, costumbres e intimidad.

En primer lugar, los términos y condiciones de uso constituyen normas de adhesión obligatorias que imponen marcos legales extraterritoriales en un planeta jurídicamente diverso y sin una entidad que arbitre sus riesgos o usos abusivos de manera efectiva. En segundo lugar, la IA en general despliega una sofisticada ingeniería colonial que genera nuevas dependencias, como la cognitiva. En tercer lugar, la IA no es ecuánime, ni imparcial, ni objetiva; mucho menos lo es cuando se la integra a funciones y tareas que reemplazan el juicio ético y moral de las personas, o que sencillamente van en contra de los pactos e instrumentos de derechos humanos, o promueven y alientan formas de violencia política que reconfiguran el vivir-en-común.

Si se produce un desastre, si a consecuencia de su empleo las personas mueren, se dañan o se ven afectadas de modos irreparables, en el mejor de los casos se apela al sistema de justicia local para denunciar la vulneración de un derecho. Y si éste no da respuesta y aún quedan certezas (y resistencia de las víctimas) se acude más allá de las fronteras nacionales para litigar en tribunales internacionales y exigirle a los Estados su deber de protección, de garantizar el acceso a la justicia y la reparación. 

Lo que se observa es un filtro asimétrico: para proteger y garantizar integralmente los derechos humanos las personas deben hacer un extenso e intrincado recorrido legal y administrativo con presupuestos limitados, sortear vericuetos técnicos, limitaciones jurisdiccionales, trampas legales que confunden problemas de derechos humanos con la adhesión (in)voluntaria y obligatoria para utilizar una tecnología digital, entre otras vicisitudes. 

Estado de emergencia 

Los centros de datos donde funciona la IA devoran cantidades descomunales de energía, aún más escasa por la guerra contra Irán; además, consumen volúmenes masivos de agua dulce en las localidades donde se instalan. No solo los datacenters, también toda la cadena de suministros de la IA devora recursos naturales escasos, contribuyendo aún más con la huella de carbono.

El propio Vaticano ha encendido la alarma al sostener que se está poniendo en peligro la casa común con absolutamente todos adentro. Según el último reporte de la ITU estamos frente a una crisis aún mayor a la estimada como consecuencia de no haber estandarizado la medición del impacto de toda la cadena de producción de la IA, además de la habitual práctica de la industria de no informar qué metodologías y procedimientos utilizan para medir su impacto. 

En 2025 se produjeron dos hitos en la jurisprudencia internacional de los que debería tomarse nota: el primero fue cuando la Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró a la Naturaleza y sus componentes como “sujetos de derechos”; el segundo fue apenas unos meses más tarde cuando, por mandato de la Asamblea General de la ONU, la Corte Internacional de Justicia consideró que el daño al medioambiente y su falta de precaución constitye un “hecho internacionalmente ilícito que entraña la responsabilidad del Estado”, lo que abre la puerta para demandar los daños y perjuicios ocasionados al sistema climático por los actores privados.

Es aún prematuro determinar el impacto que tendrán los más altos tribunales de justicia en el mundo que se avecina. Sin embargo, desde las armas autónomas hasta la creación algorítmica de patógenos letales, la ausencia de cualquier principio de precaución es un mal presagio. Otras tecnologías, como la nuclear o la biotecnología, tienen regulaciones fuertes y están obligadas a protocolos y procedimientos de revisión. Nada impide (ni justifica) que la IA no lo tenga, más aún en el ámbito militar y de seguridad.

Si en el siglo XX el despliegue de tecnologías sin una completa comprensión de sus riesgos han causado daños graves e irreversibles en todo el planeta, el siglo XXI se encamina a grandes catástrofes si se continúa ignorando las señales.

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