Emiratos Árabes Unidos: cómo un país chico juega en la liga de la IA

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En la carrera global por la inteligencia artificial es sabido que hay dos actores que dominan el tablero: Estados Unidos y China. Pero entre ellos existen los países más pequeños, que intentan construir una posición estratégica para beneficiarse de las seducciones de cada potencia. Emiratos Árabes Unidos ha adoptado una estrategia que vale la pena observar, un manual sobre como coquetear para insertarse en el mercado global de la IA.

La estrategia de los EAU toma como punto de partida una economía construida en base al petróleo y la necesidad de diversificación. Dubai comenzó este camino apostando por el turismo y más tarde por las finanzas. Ahora, Abu Dhabi siendo el emirato con las mayores reservas, apuesta a la inteligencia artificial como su próxima jugada. Desde 2017, cuando se convirtieron en el primer país del mundo en nombrar un Ministro de Estado para la Inteligencia Artificial comenzaron a trazar una hoja de ruta para lograr transformar esa economía en un hub tecnológico global para 2031.

Para ejecutar esta estrategia, crearon G42, un conglomerado tecnológico con sede en Abu Dhabi que funciona como el brazo de la IA del Estado emiratí. Formalmente es una empresa privada, sin embargo, en la práctica se comporta como el vehículo a través del cual los EAU construyen infraestructura, atraen inversiones o negocian con las grandes potencias. G42 opera hoy más de 30 data centers a través de su subsidiaria Khazna, tiene participación en OpenAI y en xAI de Elon Musk y recibió una inversión de 1.500 millones de dólares de Microsoft en 2024.

A eso se suma el desarrollo propio. En 2023, el Technology Innovation Institute de Abu Dhabi lanzó Falcon, un modelo de lenguaje de gran escala (tecnología que sirve de base para Chat GPT o Gemini) de código abierto, que llegó a superar a Meta en el Open LLM Leaderboard de Hugging Face, el ranking de referencia para modelos públicos. Muchos países tienen o están desarrollando modelos propios: Francia, Corea del Sur, Brasil, India, incluso doce países latinoamericanos colaboran en un proyecto conjunto (el proyecto LatamGPT). La diferencia entre Falcon y el resto de los modelos nacionales reside en su capacidad de competir a escala global, que confirma sus capacidades técnicas y se convierte en algo concreto que ofrecer en las mesas de negociación.

Negociar fue precisamente uno de los puntos fuertes de los EAU. Durante años operaron con lo que se conoce como hedging, una estrategia para mantener vínculos simultáneos con ambas potencias, maximizando beneficios y evitando quedar atrapados en la rivalidad ajena. G42 operaba con hardware de Huawei en sus data centers mientras que Microsoft invertía en su capital. Alibaba Cloud operaba junto a Oracle y tenían incluso inversiones en Byte Dance, la empresa china dueña de Tik Tok que Washington interpreta como un vector de influencia del Estado chino sobre datos de usuarios occidentales. Varios estudios académicos y hasta el propio Congreso de los Estados Unidos describieron esta estrategia con ese término: el Congressional Research Service señaló que los EAU «parecen haber adoptado una estrategia de política exterior para contrarrestar su estrecha relación con Estados Unidos”.

Sin embargo, a medida de que la competencia tecnológica se incrementó, la táctica del hedging comenzó a mostrar sus propias limitaciones. Estados Unidos empezó a condicionar el acceso a chips más avanzados que hacen funcionar la IA a escala y los EAU tuvieron que tomar una decisión. Así fue que G42 desmanteló el hardware chino y apostó por el vínculo con EEUU. El resultado de ello fue un acuerdo con el Departamento de Comercio en noviembre de 2025 para importar chips equivalentes a decenas de miles de procesadores Blackwell de Nvidia y la autorización para construir el campus de IA más grande fuera de territorio estadounidense.

Lo que diferencia a los EAU de otros países que simplemente aspiran a acceder a esta tecnología, es que llegaron a esa negociación con activos reales. Kazajistán vio su primera supercomputadora retrasada por trabas en la export license. Malasia tuvo que retractarse públicamente de un acuerdo de infraestructura con Huawei bajo presión estadounidense. Los EAU, en cambio, tenían infraestructura física instalada que EEUU necesitaba para expandirse regionalmente, capital soberano para co-invertir, y capacidad técnica propia demostrable. Gracias a su estrategia, lograron llegar a la mesa con poder de negociación real y evitar replegarse completamente ante las presiones externas. 

¿Se trata de un caso de soberanía digital?

Depende de cómo se define el término. Actualmente, los EAU tienen sus propios data centers, su propio modelo de lenguaje y sus propias condiciones negociadas. Pero los chips son de Nvidia, la arquitectura es estadounidense y las export licenses controladas por Washington. Además, hay un detalle no menor que complica aún más las cosas: el Cloud Act de EEUU de 2018 faculta al gobierno americano a acceder a datos alojados en servidores de empresas americanas aunque estén físicamente en otro país. Fue precisamente esa ley la que empujó a los EAU a construir infraestructura soberana propia, pero si la misma corre sobre sistemas de Microsoft u Oracle, la soberanía tiene límites estructurales muy difíciles de eliminar. Como señala un análisis de Rest of World, los países que buscan “IA soberana” acceden en la práctica a una “soberanía como servicio”: administran mejor su dependencia, pero no la resuelven.

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